Con mochila en mano, cuchillo en cinto, saco de dormir en la espalda, cinta en la cabeza y todas esas porquerías listas, John Rambo, nuestro joven protagonista, estaba listo para partir. Y es que su singular nombre no era solamente una mera coincidencia del destino, no, era algo que iba mucho más allá. Era algo sórdido, cierto, pero dicha sordidez era divina, algo que escapaba de toda comprensión humana, de toda nuestra comprensión humana y que si ahora lo pensamos más a fondo, solamente hacen que nosotros, simples mortales, humildes espectadores de la vida y de las aventuras de John, nos preguntemos los “qué demonios pasa con este mundo”, los “es que esto es una coincidencia acaso”, los “qué mierda pasa con todo” y los “mierda, realmente esto es loco, esto no tiene sentido, que cagada”. La racionalidad no tiene lugar en este relato y bueno, no es que la vida y sus diversos caminos la tengan acaso.
Continuando con lo nuestro y con lo ya dicho previamente, con nuestro singular joven, podemos decir, pues, que estaba listo para partir; pero que no partió.
Era el destino y contra él nada se puede hacer. Malditos y/o benditos dioses de allá a lo lejos, ya desearíamos nosotros que el control de nuestro futuro fuese de la mano del hombre, de nuestro propio poder de decidir y de discernir, pero ya todos sabemos que no es así, que esa no es la verdad. Ojalá alguien se hubiese atrevido algún día a decir lo contrario, jo, malditos insulsos hubiesen sido, tontos que no hubiesen sabido que la gracia de vivir es precisamente, no vivir. En fin, soñadores como esos no existen y nunca existieron y como tal, nunca nadie pensó dicha estupidez, así que mejor no seguir socavando en tema absurdos y no seguir especulando sobre blasfemias especuladas o especulares que nunca tuvieron lugar y eso y no sé.
Rambo no pudo partir, eso es en lo que nos tenemos que centrar ahora, no porque no quisiera o porque todavía no tenía lista su mochila de supervivencia o por algún inconveniente equis o quién sabe qué, NO, fue porque los dioses no quisieron que partiera simplemente y así fue como sucedió, pues no partió. Le tenían un futuro mucho más interesante, si me permiten acotar: en lugar de partir como él quería hacerlo, a vivir aventuras y desenlaces románticos en estaciones de trenes y esas tonteras, en lugar de todo eso, de viajes a través del verde y del azul, de lo natural y del silicio, de amor y tormentas, de vida y demases, los dioses fueron sabios y supieron encontrarle su verdadero camino humano a seguir: un hermoso trabajo de oficina. Ellos realmente saben aquello que será mejor para nosotros y como tal, hay que obedecerlos a ciegas. Rambo solo hubiese encontrado discordia y confusión en su viaje, un par de muertos tal vez; poco importa qué fue lo que lo había impulsado a tomar la decisión de partir, no, esos son detalles sin importancia, lo importante fue lo que los de allá arriba decidieron. Ellos eligieron el buen camino y John finalmente vivió, lo que se puede decir vivir, claro.
Y bueno, segundos antes de cruzar el umbral hacia lo incierto ocurrió el momento decisivo. Rambo tenía todo listo, nada se le había pasado por alto (¿nada?, que irrisorio jo). La nostalgia lo acongojaba, la incertidumbre de lo desconocido le daba coraje y miedo a la vez; el enfrentarse solo a la soledad y al solamente solo lo animaba a seguir. Un camino totalmente distinto del que todos conocemos hubiese tenido lugar. Pero mierda, ¿no son sabios los poderes superiores acaso? Por una de esas extrañas casualidades de la vida, John decidió mirar hacia el suelo, y bueno, no tiene nada del otro mundo tampoco hacerlo, es decir, todos miramos el suelo siempre, es algo natural, tan natural tal vez como follar o comer o cagar. Es uno de los placeres de la vida mirar hacia el suelo, carajo, ¡todos amamos mirar el suelo! En fin, John Rambo miró hacia el suelo y adivinen que pasó. No, en serio, adivinen qué pasó, porque no se los diré. El punto es que no partió. Se sacó su mochila, se puso a llorar desconsoladamente, golpeó muros y maldijo su infortunio. Grito hacia el cielo "¡Soy un maldito ciervo, soy un maldito servidor, oh crueles cernidores, oh crueles mensajeros, soy un ciervo, maldita sea, y os seguiré hasta la muerte, porque ese es el destino del hombre, y yo soy ustedes, y yo soy con ustedes, y si ustedes así lo deciden, así será!" Secose las lágrimas y desnudose. Tomó una ducha de agua fría y bañose con lejía. Tiró su mochila tal cual por la ventana. Esta cayó sobre un “pobre” vagabundo al que la hora le había llegado y murió instantáneamente. Cierto es que agonizó durante más de veintitrés horas, pero la muerte propiamente tal es instantánea, así que en el momento de morir, pues murió al instante. Lo que me hace preguntarme a mí mismo si tal vez todo aquel designio divino sobre el no-viaje de Rambo no era algo ideado para él realmente sino para que aquel indigno no-hombre (porque aceptémoslo, los vagabundos, al igual que los comunistas come guaguas y los negros sin alma, no son seres humanos, no están bien aceptados, no encajan) pudiese morir de una buena vez. Demonios, ¡si no hubiese sido por esa mochila quizás cuantos años más esa cosa hubiese seguido mancillando nuestro mundo! ¡Cómo amo a esos magnánimos dioses, dios! Pero mejor pasar por alto esas dudas blasfemas y no enojar a los altos, ellos tienen todo planeado y sería mal visto que dudase de su actuar y de sus planes para el hombre.
¡Gracias a dios que existen los Dioses y que piensan por nosotros! Listo.
En fin, una vez eliminada la suciedad y la impureza de su cuerpo, púsose una camisa blanca almidonada tal y como dios manda, unos pantalones negros, pero no negros lo que se dice negro, sino negros, sublimes, dignos, ya entienden, negros. La bandana que orgullosamente había colocado sobre su chocolo quedó en el olvido. Sin ir más lejos, fue uno de los elementos homicidas; así de olvidada y despreciada fue. Cogió un reloj de su gaveta (tenía muchos y obviamente cogió el más elegante) y se lo puso en la muñeca izquierda, como buen hombre que era, claro, porque los maricas son los que lo usan al lado derecho. He escuchado de fuentes fehacientes que eso es un simbolismo homosexual: eso de las mariconadas de relojes en la mano derecha. Así está establecido. Si te descuidas (y bueno, el hombre de fe y moderno no se descuida nunca) puedes terminar de hoyito muy fácilmente, en especial en esos lugares a los que los homosexuales suelen recurrir, como los metros, los microbuses, los baños de bares, los patios de las universidades, la casa de tu hermana, etcétera. Puros lugares roteques gay, o sea, uno trata de ser tolerante, pero carajo, hay límites. En fin, se puso el reloj en la mano izquierda, peinose el cabello a manera de ocultar lo mejor posible el chocolo y partió hacia su nuevo rumbo, un rumbo de luces fluorescentes y cubículos, de camisas, metralletas y sangre; sacrificando su libertad y su vida por su nación, santificando aquello que estaba ya decidido para él desde mucho antes de su nacimiento incluso, por señores mucho más importantes que él, claramente, y que ahora erguían un vasto porvenir para nuestro joven.
¡Y en enhorabuena que aun estaba a tiempo para llegar antes de las ocho!
Ese es un camino lleno de coraje. Ese es el camino que siguió John Rambo.
Ese…
…es el verdadero camino de un héroe.